miércoles, 27 de mayo de 2020

OCASO

Cae la tarde a mis espaldas,
Ocaso de los días
que me acarician la mirada.
Nubes de sueños y besos dulces
caen sobre mi piel y me abrasan.

Hoy la vida sigue,
y camina hacia nosotros
y nos grita tenazmente.
¡Vive!
Con el sol y el viento
en cada sonrisa de alas,
¡Vive!

Y hemos de mirar al horizonte
que cierra sus ojos por hoy
y sonreír de sal y esperanza
y lanzarnos a los brazos del viento
y ser labios en esta danza
de vida única.

®Virginia Alba Pagán

jueves, 7 de mayo de 2020

PASEO

PASEO

Y mis pies sacuden el sendero,
levantan la brisa y el alma,
susurran en cada zancada
aspirando vida y trinos
en la tarde silenciosa de miradas.

Ya nos cogemos de las manos,
caricias sutiles de yemas al ocaso.
¡Mira esa mariposa!
¡La flor ha abierto sus pétalos!,
grita la tierra en mi rostro.

Y soy consciente por primera vez
de mi presencia en el camino.

©Virginia Alba Pagán, 2020



sábado, 25 de abril de 2020

ÉS ARA LA VIDA



Ells s’acaronaven la vida
besant-se els records amb les mans
plenes de poma i enyorança
El vent entrava suau en els dies
quan no pensaven en res i tot era cel
i ballaven baix la lluna de joventut

Ara, junts per la boira dels seus cabells,
miren cap al futur ple de foscor
i tremolen
La por entra dins d’ells,
el monstre del què serà demà, l’any que ve
Ai, quin esglai d’horitzó
I els malsons entren als seus cors
i amaguen la vida,
angoixa del no saber, del temps que rodola
implacable

I ell la mira i somriu a les seues galtes,
a la carícia tendra dels seus dits passant
fugitius com sempre per la seua pell
I ella el mira i els núvols s’envolen
És ara la vida, comprenen, de sobte
 I ixen de la closca a besar el món
de la mà calenta del seu amor.

martes, 21 de abril de 2020

RECUERDOS V

Salí de detrás de los arbustos colocándome el suéter. Interesante. Sí, Ese adjetivo pondría. Interesante y salvaje. También este. Sonreí. Me coloqué el pelo, quitándome las hojas y las ramillas que se habían enredado allí. El pirata me tocó el culo, seguramente recordando aquellos momentos de pasión. Le sonreí con esa típica sonrisa de mujer, cómplice, pero segura de sí  misma.
—No me pidas que me case contigo, amor—me espetó bruscamente mientras me guiñaba un ojo.
—Ni tú que te sea fiel hasta la muerte—los dos nos miramos serios, sabiendo de qué hablábamos. Éramos adultos y acabábamos de cumplir con aquello que nuestros cuerpos nos demandaban desde hacía tiempo: esa tensión sexual no resuelta que siempre había existido entre nosotros.
Caminamos en silencio hasta la casa. María seguía sin aparecer. Los gritos de algunos de nuestros compañeros se escuchaban aún en la oscuridad de la noche como graznidos desagradables. La mano del pirata, una mano rugosa y grande, curtida por el sol y el tiempo, me acarició la palma con una calidez extraña en él. A mi memoria vinieron los besos en el cuello y sus gemidos mientras todo temblaba a nuestro alrededor y mi cuerpo se arqueaba de placer. El deseo regresó atacando sin avisar y subió hasta mis ojos y hasta mis labios. Él fue consciente del quejido que se escapó de ellos y se sonrió satisfecho. Sabía que, como hombre, el provocar así a una mujer lo llenaba de satisfacción. Ahora, que no se creyera que me tenía comiendo de su mano, yo no era una cría enamorada y desesperada. Aparté la mano y le guiñé un ojo. Por un momento disfruté de su mirada algo perturbada, como si no entendiera demasiado bien a qué venía aquello.
—Vamos, amor—susurré con ironía, respondiendo a su amor de antes cargado de sentido, de ese: no te enamores de mí, que yo soy un hombre libre. Luego, para acabar de confundirlo, le cogí de la mano y lo arrastré al comedor—. Vamos a emborracharnos un poco más.
Allí aún quedaban algunos de nuestros amados amigos, bebiendo y ensimismados en sus pensamientos. Hoy estaba cargada de puta ironía. Necesitaba un buen chupito de orujo, de ese casero que se gastaba María. Llené dos vasos y le ofrecí uno a mi amante. Este me miró y de un trago acabó con su contenido. Hice lo mismo, y los volví a llenar. Aquella jodida noche aún prometía.

lunes, 20 de abril de 2020

RECUERDOS IV


Panda de falsos. Eso eran. Los escuchaba sentada a la mesa y el asco se me subía a la boca del estómago. Apenas había probado bocado. Todos aparentaban que nada había pasado, que todo seguía igual entre ellos, amigos de pacotilla. Sí, claro. Y en el fondo era capaz de ver el cabreo de cada uno de ellos, las miradas cargadas de veneno que lanzaban cuando el otro no miraba, las palabras con doble sentido que como rayos de acero dejaban caer sobre la mesa y la llenaban de gusanos. Cómo degustaban de esa carne y cómo se movían esos labios que la saboreaban. Me entraron ganas de vomitar y no pude menos que levantarme e ir al baño. El pirata me miró y pude ver en aquellos ojos medio idos, el alcohol ya rasgaba sus venas, una conexión súbita. Él también estaba más que harto de tanta apariencia y tanta mierda, aunque lo prefería adormecer con drogas y, por tanto,  tintar de olvido.
El baño me recibió sordomudo, y lo agradecí. Por fin las voces , las risas y la cháchara agusanada se habían quedado atrás. A mi memoria vinieron las frases de chico, aquellas palabras que nos habían desnudado con arte y crudeza. Su carta era aterradora. Era como un cadáver al que le hacían la autopsia y que con cada órgano nos descubría una nueva pista del crimen cometido, un crimen plural. Me miré al espejo. Una mujer cansada y con ojeras me miraba extrañada. ¿Qué cojones hacía allí? ¿Para qué narices había ido? Ya, eran preguntas retóricas. Tenía claras las respuestas, pero, joder, con lo bien que estaría en casa acurrucada en mi sofá, ajena a toda esta historia, sin tener que aguantar a esta gente... María, toda la culpa había sido suya, y va y ella no había aparecido aún por ningún sitio. 
Abrí el grifo y me eché agua a la cara. Necesitaba despejarme. Sentí como el agua acariciaba mi rostro y lo limpiaba de palabras y mentiras. Necesitaba un baño de sinceridad, aunque fuera de esa que dolía y te reventaba las entrañas. Tanta cordialidad me hartaba. Y eso que ya había dado varios cortes a tres o cuatro, y me había divertido dándole la espalda a aquella pija de las narices, la niña. Y ella, en cambio, seguía tan correcta como siempre, como si no fuera con ella, y seguía tratándome como si fuéramos amigas de toda la vida. ¡Hostias! ¡Tía! ¡Mándame a la mierda de una puta vez y demuestra quién eres realmente! Pero no, ahí seguía, como una mujer desvalida que necesitara protección, y aquellos babosos a su alrededor. 
El agua aún caía por mis mejillas y mis pestañas. Abrí los ojos y me miré las manos. Las arrugas ya comenzaban a marcarse en la piel. La edad no perdonaba. Respiré profundamente. Era hora de volver a aquella mesa. Pero no tenía nada de ganas. Me quedaría allí encerrada hasta la mañana siguiente, y más teniendo en cuenta que debía compartir habitación. 
La luz del baño se apagó. Busqué con los dedos a tientas el interruptor. Odiaba aquellas luces temporales, siempre te dejaban a oscuras antes de tiempo. De pronto sentí como si algo me acariciara el cuello. Di un respingo y la luz iluminó la estancia, justo a tiempo había encontrado el maldito botón. Mis ojos recorrieron todo el baño, pero no había nadie, solo yo y mi reflejo. Temblando descorrí el cerrojo y abrí la puerta. Una mirada irónica me recibió.
—¿Huyendo de la bazofia? ¿Has vomitado ya? Yo voy a ello.— Las mejillas sonrosadas del pirata lo delataban. 
A su modo era un hombre atractivo, pero a gritos todo él gritaba que te alejaras, que era nocivo. Pero esa clase de hombres siempre me habían atraído. Le sonreí.



domingo, 19 de abril de 2020

RECUERDOS III



     Solo había leído la mitad de la carta cuando una maldición y un grito atrajeron mi atención. Por el camino venía el bigotes todo enfadado murmurando entre dientes cosas soeces que apenas discernía. Sus pasos eran largos y decididos. No me extrañaba nada después de haber leído lo que chico le habría escrito en aquellas páginas. Sus palabras aún sonaban en mi cabeza como si las hubiera oído de su propia boca: “Y se enfadarán, rubia, vamos que se enfadarán, pero a mí qué me importa si ya estaré muerto. Ahora, todo ha de salir a la luz. El olor a podrido es muy fuerte, ni tú te lo imaginas, ni te imaginas hasta qué punto.” Aunque no decía nada claro, dejaba entrever muchas cosas. Menudo era. Por eso siempre me había caído bien y de alguna forma lo apreciaba. Siempre había sido un tío coherente y de ideas claras que no se dejaba engañar por nadie.
     El bigotes, sin mirar siquiera hacia donde yo estaba, pasó de largo. Su pelo corto dejaba entrever su perfil, ahora estropeado por una expresión de rabia. Era de facciones atractivas, la verdad, pero siempre me había parecido algo oscuro, como si ocultara un secreto, y había en él algo que me producía rechazo. Además, siempre alardeaba de lo que le gustaba la caza, y eso yo no podía soportarlo. Como buena amante de los animales que era, estaba totalmente en contra de cualquier tipo de maltrato animal. Pues no habíamos discutido veces ni nada por ese tema. Y para más inri y para hacer puntos para caerme aún peor, tenía un gran handicap del todo intolerable, odiaba a los perros. ¡A los perros! ¡Podría ser! Yo que los adoraba. De hecho tenía dos, dos preciosos Golden Retriever de lo más cariñosos. No podía concebir cómo a alguien no le pudieran gustar. Solo con eso, para mí ya eran malas personas, y el bigotes se llevaba todas las papeletas.
     La verdad es que disfrutaba leyendo aquella carta y adivinando de quién hablaba en cada momento. Menudo cachondo chico escribiendo aquello. Hasta me reía con él ya muerto, con sus cenizas esparcidas por el mundo, como él siempre había querido. Un gran amante de la naturaleza y de la coherencia. Gran enemigo de las falsedades y de las envidias. Y aquí había muchas. Vamos que si había. 
     Otro grito me hizo sonreír. Poco a poco la gente se iba reconociendo en aquellas palabras cargadas de veneno, y estaba segura de que para mí también habría algo. Decidí seguir con la lectura, mientras disfrutaba del aire fresco del jardín y de los bufidos de mis compañeros que poco a poco se iban multiplicando, como los panes y los peces, pero estos cargados de bilis y de mucha intencionalidad. Mi amigo, mi chico, estaría disfrutando desde el más allá de todo aquel espectáculo. Estaría disfrutando muchísimo. 

viernes, 17 de abril de 2020

RECUERDOS II

RECUERDOS II


     Tras toda esa pantomima que había tenido lugar en la casa que casi me hace vomitar, decidí salir al jardín. El aire fresco me ayudaba a no marearme y  no sentir que el mundo era una mierda, lleno de hipócritas que ahora parecía que eran sus mejores amigos, cuando en vida siempre les había importado una mierda, o lo habían criticado sin miramientos a sus espaldas. El pobre debía de tener la espalda llena de puñales, vamos, con tantas envidias y tanta miseria humana. Las cosas a la cara ¡hostia! ¡Putos mentirosos!
      La verdad es que no me gustaba hablar así, bueno, pensar, pero es que no lograba soportarlos. El único que se mostraba como era, aunque fuera desagradable y maleducado, era el pirata, su sarcasmo me encantaba. ¡Menudos cortes les había dado ya a algunos! Y eso que había que darle de comer aparte, pero lo prefería a él que no a la pava de la niña , ahí con su sonrisita de mujer inocente, como si nunca hubiera roto un plato. Y los hombres embobados por ella, ¡pedazo de tontos! Hasta chico había sentido esa debilidad por ella. Una mujer había de ser independiente y tener las cosas claras, no podía ir de una cosa y luego ser otra, ahí con miradas extrañas, hasta incluso desagradables, para luego cambiar en cuanto la miraba algunos de sus enamorados.
   Suspiré. No soportaba estar allí, pero heme aquí, pese a todo, o más bien por él, por chico, porque se lo merecía. Únicamente había accedido a este absurdo porque sabía que a él le hubiera gustado. Sino, ni de coña, a la mierda y ya. Mi vida estaba lo suficientemente completa como para pasar unos días con esta gente. Pero la verdad es que tenía curiosidad.
     ¿Qué había dicho su madre? Sus palabras se evaporaron y a la mente me vino su imagen nada más llegar a aquel lugar. Se la notaba destrozada por la muerte de su hijo. Nada más verla le había dado un beso y un abrazo. Ya nos conocíamos, y ella me lo había agradecido con una sonrisa y lágrimas en los ojos, lágrimas que no acabaron de caer y que sucumbieron rápidamente para no mostrar demasiada debilidad. No quise insistir, para no provocar más al recuerdo y que el dolor fluyera y la poseyera. Era una mujer pequeñita y entrañable, de ojos claros, sinceros. Sin embargo, vi algo extraño en ellos, pero no supe discernir qué era. No le di más vueltas, dentro me esperaban. Y lo mejor era saludar cuanto antes y pasar así el mal trago y no alargar la agonía. Cómo odiaba los convencionalismos.
     Volví al presente. Los sonidos de aquel lugar me envolvieron. Estar sentada en la hierba y oler la naturaleza era siempre una sensación que me embriagaba y me llenaba de recuerdos. Los demás, como yo, también habían escampado rápidamente tras las palabras de la madre. Volví a recordarlas. En fin, todo por chico. Pasé las hojas y el viento las revolvió como respuesta a los sentimientos que me embriagaron de golpe sin poder evitarlo, como si su espíritu estuviera allí con nosotros, esperando, observando. La rabia me inundó de pronto. Dejé caer la carta al suelo y una lágrima cayó con ella.
     ¡Mierda, chico! ¿Por qué narices no estás?